Cómo influenciar a nuestros hijos

Vivimos en un mundo vacío de espiritualidad, donde todo tiene connotación con lo material, lo que se toca, lo que se ve. Ésta marcada inclinación a lo material ha producido un enorme vacío en la sociedad en que vivimos.
La enseñanza espiritual es un valor que ayudará al niño, que un día se convertirá en adulto, a poder encontrar una vida trascendente. Este valor debe ser transferido por los padres. Son ellos los que deben influir en sus hijos para que busquen algo más en la vida. Hay personas que piensan de esta manera: “Cuando él sea grande, que elija”. Lamentablemente, cuando él sea grande será tarde, porque ya estará formado y le costará enormemente detener la fuerza tremenda de inercia del mundo en que vivimos, que buscará arrollarlo en su corriente de carencias y de superficialidad.
Influenciar es un término que implica fluir en el otro: algo que yo tengo dentro de mí y que lo vuelco en otra vida. Por eso, se suele decir que: “Desde lejos se impresiona, pero desde cerca se influencia». En la distancia, somos impresionados, por ejemplo por el maestro que da una clase frente a un gran auditorio. Es así que lo admiramos y decimos: “¡Qué sabiduría, qué capacidad para comunicar!”. En realidad, lo que ha logrado es impresionarnos.
Lo que produce verdaderos cambios en una vida es la influencia y, como dijimos, para influir en alguien tenemos que estar cerca, pasar tiempo, dejarnos ver; solo así, esa persona recibirá nuestra influencia, viendo nuestro comportamiento, nuestras reacciones ante las circunstancias de la vida y nuestras respuestas. Indiscutiblemente, la responsabilidad de los padres es ejercer influencia en sus hijos.
Hay muchos padres que me dicen: “¿Qué puedo hacer por mi hijo, si no tengo los estudios suficientes para poder influir sobre él?”. Esta manera de pensar se ha convertido en un error generalizado, pero permítame asegurarles que no influenciamos por lo que sabemos, sino por lo que somos. Logramos influenciar desde nuestro carácter, que nada tiene que ver con la personalidad. El carácter son las características internas que una persona tiene.
De nada sirve que un padre le dé un excelente sermón al hijo sobre el respeto, si éste ve que no respeta a la madre. Esos dobles mensajes serán intolerables para los hijos, sobre todo, si están en la etapa de la adolescencia. Ellos no tolerarán la hipocresía de los mayores. Alguien dijo una vez: “Tus actos son tan fuertes que no me dejan escuchar tus palabras”. Porque lo más importante es lo que somos en esencia. El ser honestos, amables, buenos padres, personas correctas, buenos esposos. Y desde ese lugar, poder imprimir en nuestros hijos nuestra influencia.
Uno de los mayores valores que los padres deben imprimir es el de la fe y el temor a Dios. Un Dios que sé que está en todo lugar. Que no solo me cuida, sino que también me ve. El conocimiento de la existencia de Dios y la relación que nuestros hijos puedan tener con él exceden nuestra limitada existencia y presencia. Es así, que si logramos que nuestros hijos desarrollen una relación personal con Dios, les estaremos entregando el tesoro más precioso que un padre pudiera darle a un hijo y, por otro lado, nos traerá mucha paz como padres que anhelamos protegerlos en todo tiempo.

Osvaldo Carnival



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