Cómo morir al yo

«El que ama a padre o a madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o a hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» —Mateo 10:37-39

Desde siempre la familia ha sido muy importante en la vida de las personas. Por eso, a simple vista resulta difícil interpretar el comienzo de este pasaje. ¿Será que Jesús está en contra de las relaciones familiares? De ninguna manera. El Señor usó este ejemplo que pareciera extremista, para representar que Él está por encima de todas las cosas. En otras palabras, Jesús les decía a sus discípulos que nada, por más importante que sea en la vida, podía ocupar el primer lugar que sólo Dios merece. Con relación a esta devoción, Jesús hablaba de tomar la cruz para representar la muerte a nuestro «yo».

¿Qué significa esto? Morir a aquellas cosas que antes gobernaban nuestra vida. Tal como lo señalaba el apóstol Pablo al dirigirse a los colosenses, indicándoles que debían morir a lo «terrenal» que todavía subsistía en ellos (Colosenses 3:5). Refiriéndose a aquellas actitudes que prevalecían antes de conocer a Cristo y que siempre pueden volver a aparecer. Por eso se menciona la cruz, que en la antigüedad era un elemento de tortura utilizado para dar muerte a quienes estaban sentenciados por sus crímenes. Pues las viejas actitudes no deben sobrevivir, ya que una leve licencia en algunas de esas antiguas prácticas podría traernos

tremendas consecuencias. Ahora bien, a simple vista da la sensación que el apóstol Pablo hablaría en primera instancia de cuestiones graves como la fornicación, la idolatría y los malos deseos. Para

mencionar más adelante otras cuestiones que de acuerdo al criterio común de las personas no serían tan graves como las malas palabras, las mentiras y los enojos (Colosenses 3:8-9).

Sin embargo, para Dios no hay pecados grandes y chicos. Todos sin excepción son pecados, y deben ser desterrados de nuestra vida. Morir al yo implica también renunciar a nuestro orgullo y nuestra soberbia. Quizás antes nos creíamos importantes, pero estando en el camino del Señor esos «títulos» no sirven para nada. En este sentido, Jesús nos dejó un ejemplo sin precedentes al desestimar su lugar de privilegio como Hijo de Dios para ocupar nuestro lugar en la cruz del Calvario con el propósito de salvarnos y limpiarnos de todo pecado (Filipenses 2:5-8). Esa misma predisposición debe estar en nosotros, porque al morir a nuestro «yo» podemos vivir para Él.

El objetivo es que usted pueda…

1- Asimilar que constantemente debemos morir a nuestro «yo».

2- Entender que no hay pecados pequeños y grandes para Dios. Que todos los pecados sin excepción son abominables delante de su Presencia.

3- Practicar nuestra rendición absoluta a Dios al renunciar hasta las cosas que parecieran insignificantes con tal de agradarle.

4- Comprender que nuestro cambio de actitud determinará que vivamos para Dios o para saciar nuestros deseos carnales.

Osvaldo Carnival



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