Honrar a Jesús

En mi vida personal, siempre trato de conservar ese gran deseo de ver la gloria de Dios que se despertó en mi a partir de mi conversión. Anhelando ver la gloria de Dios a cada momento. Ese debe ser el mayor deseo de nuestro corazón. Evitando tener un Jesús histórico, el mismo que habita crucificado en las grandes catedrales del mundo para no convertirnos en meros religiosos. Por eso para Dios le resulta más fácil liberar a un drogadicto que movilizar a un creyente de años atrapado por la religiosidad.

Siempre cuesta más volver a prender el fuego que mantenerlo encendido. Para que el fuego no se termine apagando, necesitamos despertar un nuevo amor Dios y tener más hambre de Él. En la época de Jesús, muchos se habían acostumbrado a su presencia en su ciudad natal de Nazaret. Tal es así que la Biblia dice lo siguiente: “Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra” (Marcos 6:4). Es que la incredulidad produce ceguera, tanta que ni ellos mismos podían reconocer que tenían delante al mismísimo Hijo de Dios. Aunque existe un antídoto para la incredulidad: el secreto es honrar a Jesús.

Cuando alguien honra a otra persona, le da el lugar que realmente se merece. Honrar también significa pagar y de allí deriva el término “honorario”. El honorario es la paga que honra a la persona, es darle la paga a quien le debemos. Y por esto mismo, se considera una persona honrada aquella que honra a sus acreedores pagándoles sus deudas. Todos nosotros estamos en deuda con el amor de Jesús. Respondiéndoles a esa deuda a través de nuestra honra. Nosotros honramos a Jesús cuando le damos lo mejor que tenemos, como lo hizo la mujer que derramó el perfume a los pies del Señor (Marcos 14:3-9).

Honrar a Jesús es enaltecer su nombre. Es ponerlo en alto, es levantarlo, es situar a Cristo en el primer lugar de nuestra vida. Al poner en alto a Jesús, automáticamente el Espíritu Santo comienza a moverse y comienzan a ocurrir milagros. Honrar al Señor, es también darle el reconocimiento que se merece. Algo que no aconteció en Nazaret, donde Jesús fue menospreciado por sus conciudadanos. Ese es el peligro de racionalizar a Dios, creyendo que es algo común tal como consideraban a Jesús como el simple hijo del carpintero. Siendo uno más entre tanto. Y nosotros, ¿le damos el lugar que el Señor debería ocupar en todo lo que hacemos a diario?

En cierta ocasión, Jesús se asombró por la fe de un centurión romano que lo honró con estas palabras: “Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo” (Lucas 6:7). Entonces de inmediato reaccionó así: “Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Lucas 7:9). Relacionando la honra que este soldado manifestó al exaltarlo con la fe de este hombre. Y como consecuencia de esto, al regresar a la casa el centurión pudo constatar que Jesús había accedido a su petición sanando a su siervo enfermo. Es tiempo de reflexionar a conciencia, si verdaderamente estamos honrando a Jesús en nuestras vidas. Honremos a Jesús, y Él también nos honrará.



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