La autoridad del creyente

En lo personal me siento parte de una generación que está marcando la historia de nuestro país no con fuerza ni con espada, sino con su Santo Espíritu.
De seguro, estarás creciendo en tu relación con Dios y en tu vida espiritual. Hasta probablemente ya estas teniendo testimonios en estos días. Testimonios de libertad, de abundancia, de milagros o de alguna conversión de alguien que le hablaste del Señor.
Te estará sucediendo lo mismo que a mi, saber que estás juntó a miles de personas orando, batallando y pidiendo por las mismas necesidades. Te garantizo que este tiempo de ayuno y oración está desatando un gran impacto en el mundo espiritual, estamos haciendo retroceder los poderes de maldad de nuestra Nación.

Dios tiene un plan a desarrollar aquí en la Tierra y Él ha decidido usar a la Iglesia para cumplirlo. Tú y yo somos parte de esa Iglesia. Dios anhela que ejerzamos la autoridad que nos ha sido dada, a través de la persona del Espíritu Santo, y Él nos ha equipado con su poder para llevar a cabo la tarea.

Algunos erran al creer que la autoridad espiritual está sujeta a la antigüedad del creyente, o a la posición jerárquica que ocupan. Estos errores ocasionan derrotas importantes en la vida de los hombres y mujeres de Dios, y muchas veces de la misma Iglesia. ¿Por qué? Porque no ponemos en funcionamiento la autoridad que el Señor delegó a cada creyente y a toda Su Iglesia!

Marcos 3:14, 15
“Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios…”
El Señor nos llamó para estar con Él, nos envió a predicar y nos dio autoridad.

La autoridad del creyente radica en la Cruz.

Para que alguien ejerza autoridad alguien se la tiene que haber delegado; como un policía en la calle que de repente detiene un automóvil y sabemos que el auto tiene más poder que el policía, pero el policía tiene una autoridad delegada por el Estado. Detiene a un ladrón “en el nombre de la Ley” que le delegó autoridad.
Si Dios nos dio autoridad, Él mismo está detrás nuestro sustentando esa autoridad.

Colosenses 2:13-15
“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la Cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.”

Jesús triunfó contra el poder de las tinieblas en la Cruz. Nuestra autoridad, entonces, radica en la Cruz. Podemos decirle a Satanás “suelta mi casa, suelta a mis hijos, porque Cristo te venció en la Cruz”.
Es muy importante que sepas dónde radica la autoridad. Satanás tiene que saber que nuestra autoridad radica en la Cruz de Jesucristo. La Cruz refleja la victoria de Cristo. Sin Cruz no hay autoridad. Sin la Cruz no hay perdón de pecados. Fue en la Cruz del Calvario donde Jesús nos concedió la autoridad necesaria para vencer al diablo y todas sus huestes de maldad.

Satanás nos va a querer poner en duda: “si toda tu vida fue un bardo, ahora de que te la das, ahora en nombre de quién reclamas?”. Nosotros responderemos: “En el Nombre de Jesucristo”.
No es en mi nombre dónde radica la autoridad, Satanás se va a reir si decimos eso, porque él sabe que mi vida fue un desastre, pero otra cosa es decir que vamos en el Nombre de Jesucristo.
En la cruz Jesús venció a Satanás y nos ha dado su victoria.

Santiago 4:7
“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.”
Si nos sometemos a Dios, si estamos bajo autoridad, podemos ejercer esa autoridad.
Estamos sometidos en primer lugar a Dios, a las autoridades civiles que son puestas por Dios, a los líderes y Pastores, al cuerpo de Cristo. Sometidos los hijos a los padres en casa, la esposa al esposo, un hogar unido bajo autoridad.
Satanás sabe que yo tengo autoridad porque estoy bajo autoridad.

La autoridad no es propia, es algo que Dios ha delegado al creyente que está sujeto y bajo autoridad espiritual.

Para ser discípulos hay que tomar la Cruz. Este fue el desafío de Jesús para nosotros.
Lucas 9:23
“Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.
Una cosa es venir a la Iglesia. Cualquier puede venir, el costo es del viaje y tiempo que permanecemos aquí. Pero para ser discípulo, nos costará la vida.
¿Qué es más fácil? Venir a la Iglesia, seguro. Pero es más difícil ser discípulo.
Jesús le dijo a toda la multitud que lo seguía: “Ustedes me siguen porque les di de comer, multipliqué los peces, los panes, pero si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese y tome su cruz”.
Ser discípulo te va a costar todo. Porque sin Cruz no hay muerte del “Yo”, para que Cristo y su poder vivan en nosotros. Sin Cruz habría sido en vano la resurrección que nos garantiza la victoria sobre la muerte.
Cada día debemos morir a nosotros mismos. Ya no vive Osvaldo, ahora vive Cristo en mi.
Satanás sabe si soy un charlatán. Pero cuándo Satanás ve a alguien que no es un charlatán y que vive la Palabra de Dios, tiembla porque tiene autoridad para decir “suelta mi casa, mi familia, mis hijos, vete en el Nombre de Jesús”.

“El verdadero creyente vive constantemente al pie de la cruz.” Autor: Jerry Cross

Llevar la cruz cada día implica morir a mis deseos, los deseos de mi corazón para seguir los deseos del Señor. Morir a mi voluntad para seguir Su voluntad.

La autoridad del creyente radica en ser llenos del Espíritu Santo.

Esto es fundamental, ser llenos del Espíritu Santo. Algunos dicen: “llevar la cruz es imposible, es demasiado” y tienen razón, porque no es por fuerza humana, no por decir yo me voy a portar bien, me voy a poner las pilas, sino que es la consecuencia de ser llenos del Espíritu Santo. El me va transformando día a día. Debo buscar el Espíritu Santo

Nunca olvides que no hay poder en ti para vencer el mal. Sino que es el poder del Espíritu Santo en tí el que marca la diferencia. Nuestra humanidad tiene que morir para que el Señor crezca en nosotros. No se trata de ningún logro personal, sino de reconocer la gracia divina en la persona de su Espíritu y permitirle obrar con libertad en nosotros y a través de nosotros.

Necesitamos ser “llenos del Espíritu”, avivar su fuego, permitir que florezca su persona dentro de nosotros. Esa es la clave de la verdadera autoridad del creyente.

Hay una gran diferencia entre el toque y la llenura. Son dos cosas muy diferentes.
Muchas personas se conforman con el toque, una oracion o una imposicion de manos, caen al piso, se rien, tiemblan o lloran pero luego se levantan todo sigue igual, no hay cambios.

La llenura del Espiritu Santo es la que nos cambia, la que nos transforma.
Cuando le entrego el control por completo de mi vida, me guiará en cada decisión que debo tomar. Me ayudará a apartarme del mal, de toda tentación y del pecado que nos asedia.
Cada día debemos decirle al Espíritu Santo que venga a habitar en nosotros.

La autoridad del creyente se evidencia en el testimonio
Mi testimonio evidencia que yo entiendo la autoridad. Cuándo Satanás ve mi vivir, notará que entendí la autoridad espiritual.
El primer lugar donde debe reflejarse que entiendo la autoridad es en el testimonio privado.
No es lo público, algunos quieren mostrar el testimonio público y se convierten en religiosos. Se quieren mostrar bien, quieren mostrar lo bien que se portan, pero interiormente su vida sigue siendo un desastre.
El testimonio de la autoridad se refleja en la casa. Esa es la manera para que toda su familia se convierta.
La mejor manera no es hablando, porque muchas veces cansa. Lo más poderoso en esto es el testimonio silencioso: no lo hablo, sino que lo vivo. Ellos ya saben que amas a Cristo, si hay una actividad especial los invitas, pero no los atormentas.
Muchos quieren hacer la obra del Espíritu Santo y ellos quieren convertir a la gente y lo único que hacen es cansar y agotar a esas personas. Lo mejor es mostrar cómo hablo, cómo me conduzco en la vida, cómo reacciono, cómo es mi manera de vivir. Eso dará un mensaje poderosísimo porque lo que haremos es mostrar a Cristo.

Primero vivo, después hablo.
El problema es cuándo hablo y después veo si lo vivo. Generamos confusión.

Apocalipsis 12:11
“Y ellos le han vencido (a Satanás) por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos…”. Practiquemos la palabra y luego demos el testimonio.
Una vez que vean cómo actuamos, ahí comenzamos a hablar. Que bueno es dar testimonio, compartir mi fe. Dar un testimonio público.
La gran puerta para hablar de Jesús es la necesidad. Uno se abrió a Cristo cuándo estaba en dificultades, en enfermedad, cuándo ya no podíamos mas. Jesús así se acercaba a la gente.
En Juan 7:37 la Biblia nos dice: “…Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba…”.
¿A quién invita Jesús a beber? Al que tiene sed. El que esta sin sed no lo invita. Él invita al afligido, al angustiado, al caído, al deprimido. Ellos van a experimentar el toque de Dios en sus vidas.

¿Tienes el deseo de ser un discípulo? ¿Serás capaz de tomar tu cruz cada día? ¿Ejercitarás la autoridad que Jesús te ha delegado? ¿Abandonarás el toque para ser lleno del Espíritu Santo? ¿Te propondrás dar un buen testimonio en tu hogar y con tu familia? ¿Vencerás los temores y hablarás del Señor?



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