Sed de Dios

UN ABISMO LLAMA A OTRO ABISMO
El Salmo 42.7 expresa: «Un abismo llama a otro». Este texto es la explicación a situaciones que muchas veces resultan incomprensibles a nuestro razonamiento.
Es interesante observar cómo cuando los niños son pequeños, al ser llevados a algún sitio al aire libre suelen llevarse tierra a la boca. Como padres apresuradamente corremos para evitar que continúen haciéndolo. Sin embargo, ante una consulta con el médico, al contarle el episodio, para mi asombro el profesional me explicó que el niño al hacer esto, de manera instintiva está reponiendo los minerales que le faltan. ¡Cuidado padres!, yo sé lo que más de uno puede estar pensando, no es cuestión de cambiar la forma de alimentación de nuestros hijos. Sé que nos resultaría mucho más barato, especialmente si está atravesando esa etapa durante la cual los hijos devoran todo lo que encuentran en el camino. Este hecho es sólo una manera de expresar: «Un abismo llama a otro abismo».
De la misma manera podemos observar como las aves de similar plumaje vuelan juntas. ¿Quién les enseñó? ¿Cómo saben la diferencia? Nunca verá a un gorrión volando junto con un cóndor, ni siquiera con una golondrina. Es que: «Un abismo llama a otro abismo». Son patrones de conducta establecidos. Igualmente, dentro de cada uno de nosotros, muy profundo en el corazón del hombre hay un instinto, y es el de buscar a Dios. Es algo que Él mismo, cuando nos diseñó, se encargó de colocarlo. Por tal motivo, desde pequeños nos lanzamos a la búsqueda incesante de satisfacer ese vacío. Los psicólogos lo llaman «angustia existencial».
Nada de todo lo que este mundo me pueda dar podrá saciar esa sed que hay en nuestro interior. Pensamos que por el mundo de la percepción, aquello que sentimos, podemos apagar esa búsqueda interior, pero finalmente luego de probar una y otra vez, nos damos cuenta que si bien algunas oportunidades u objetivos alcanzados nos llevaron a experimentar una profunda felicidad y sentimos como que tocamos el cielo con las manos, luego, el momento se desvaneció y ¿quién volvió a surgir?: El mismo vacío, la misma sed.

LA SED PUEDE SER SACIADA
No es casual que en el evangelio de Juan 7.37 Jesús invitara: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba». Esta declaración es dada durante una celebración judía llamada «Fiesta de los tabernáculos». En ella se conmemoraban el tiempo en que el pueblo de Israel vivió en el desierto, en tiendas. Los israelitas celebraba cuatro fiestas solemnes, una de ellas era la de los Tabernáculos. El séptimo día de la fiesta era un gran día de celebración. Cada mañana de la fiesta, a la hora del sacrificio, los sacerdotes sacaban agua en una vasija dorada del estanque de Siloé y la llevaban al templo para derramarla. Esto conmemoraba la maravillosa provisión de agua que Dios les dio a los judíos en el desierto. Este día séptimo era conocido como «El gran hosanna» y era el clímax de la fiesta. Recordemos que el significado de hosanna está compuesto por dos expresiones, por un lado indica «salva» y por otro «te rogamos». No se requiere gran imaginación para captar lo que debe haber ocurrido cuando Jesús exclamó: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba», mientras los sacerdotes derramaban el agua. Jesús estaba diciendo: «Yo soy la Roca. Ríos de agua de vida brotarán del corazón de los que creen en mí. Sólo Yo puedo satisfacer los corazones sedientos».
Nuestra sed solo la satisface Su presencia. Si Jesús promete saciarnos, ¿cuál es entonces el requisito imprescindible? Tener sed. Ella será la señal para que el Espíritu Santo descienda.
Cuando un avión se encuentra en el aire precisa que se le señale una pista de aterrizaje, de otra manera nunca podría descender. El piloto, al acercarse a destino tiene un único objetivo, identificar la pista de aterrizaje. El avión no puede descender sin una pista, así sucede en lo espiritual, Dios no puede descender si no encuentra una pista, un corazón que le busca se convierte en una pista de aterrizaje para que Dios descienda sobre nosotros. De otra manera, como le pasa al piloto, Dios seguirá esperando la autorización de la torre de control para poder descender.
Dios está expectante, así como el padre del hijo pródigo, esperando nuestro regreso al calor del hogar, a la intimidad de Su presencia. Tan sólo una vislumbre de Su gloria puede cambiar mi historia, y convertir un corazón indiferente en un corazón apasionado por Su Presencia. Todo aquel que experimentó un encuentro personal con la presencia de Dios nunca más puede ser el mismo. Su Presencia transforma nuestra vida y nos lleva a la integridad y madurez espiritual. Cuando el Espíritu Santo se revela a su vida, Él despierta pasión por Su presencia, se genera un incesante deseo por estar más cerca de Dios.
Querido lector, es mi deseo que a través de estás páginas, no sólo lea acerca de la pasión por Dios, sino que se despierte en su interior una santa pasión por Su presencia.
¡Prepárese, Dios lo visitará con su fuego!

Osvaldo Carnival 



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