Una Iglesia con Destino

Muchas veces sentimos el deseo de dejarlo todo y dudamos si estamos en el lugar correcto. Son esos momentos cuando todo nos sale mal y pensamos que le fallamos a Dios. Quién no se sintió frustrado alguna vez, sin encajar en el propósito que alguna vez nos fue señalado. Pedro se sintió de esa manera, luego de haberlo negado a Jesús. Y lo peor del caso, que como líder corría el riesgo de sumir en el fracaso al grupo que quedaba a su cargo. Porque un líder puede arrastrar en la angustia a un grupo, llevándolo para atrás, al retroceso.

A lo largo de la vida, he visto grandes lideres, grandes llamados y grandes talentos que han quedado en el camino tras no poder superar las dificultades. Pues la culpa trata de anularnos para que pensemos que ya no existen chances para cambiar la situación. Aunque no nos marca lo que nos pasa, si no la manera como reaccionamos a lo que nos pasa.
Pedro había prometido dar la vida por Jesús antes de su negación. Sin embargo, seria transformado por la aceptación de Jesús y la obra del Espíritu Santo.

Este es el milagro de la transformación en la vida de las personas. De este modo, Jesús nos ayuda a descubrir que tenemos un propósito y que no somos una mera casualidad. Entonces, debemos retener el llamado pase lo que pase. Pedro había perdido el rumbo, había quedado conmovido. Sin embargo, Jesús le recuerda que él había sido llamado porque tenía mejores planes para su vida.

A lo largo de sus días, Pedro había experimentado grandes milagros, como la multiplicación de los panes y los peses. Pero aquella noche sintió el fracaso de no pescar absolutamente nada. No obstante esto, Pedro había sido llamado para ver grandes cosas, para ver una pesca milagrosa. Nosotros también hemos sido llamados para una vida de abundancia. Pues una vez que lo hemos experimentado, ya esta dentro nuestro y es cuestión de resucitarlo.

El Señor le había conferido a Pedro las llaves del reino de los cielos. Y él único propósito que tienen las llaves es abrir puertas. Las llaves dependen de nuestra comunión con Dios. Es decir, que Pedro tenia que volver a conectarse con Jesús para que las puertas se abrieran de par en par. Al igual que al experimentar la pesca milagrosa que el evangelio de Juan 21 nos relata. Los peces estaban tan cerca que solo bastó con echar las redes a la derecha de la barca. Pedro no estaba en el lugar equivocado solo tenia que hacer unas pequeñas correcciones para ver la Gloria de Dios. Si nos reencontramos con Jesús, nos reencontraremos con nuestro destino. Y que maravilloso lo que Dios puede hacer en tu ciudad, si encuentra en nosotros una Iglesia con destino.

Osvaldo Carnival



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