Yo puedo

Hay una etapa en la vida de todo ser humano en la que dice: «Yo puedo» ¿Quién no ha pensado: “Yo puedo hacer todo”? Pero este pensamiento aumenta cuando creemos que tenemos los medios para lograrlo: fuerza física, poder económico, etc. Fácilmente decimos: “¡Yo puedo, no necesito de nadie, nadie tiene que ayudarme! ¡Yo solo puedo hacer las cosas bien!”.

Pero tarde o temprano, a cada uno de nosotros, nos llegan los tiempos difíciles, los tiempos de necesidad, llega la prueba, la adversidad, llega lo inesperado, los contratiempos.

Vivimos en un mundo altamente competitivo donde pareciera que el que no alcanza esos niveles queda al costado del camino, y esto genera una tremenda vorágine por querer pasar por encima de la vida de la otra persona. Ese » yo puedo» o » yo lo alcanzaré » en algún momento se encontrará con problemas.

La Biblia nos cuenta la historia de un joven que luego de haber pedido su parte de la herencia al padre se fue a una provincia lejana y allí gastó todo lo que tenía. Pero al tiempo, una gran hambre llegó sobre la tierra donde este joven estaba, y de repente todo lo que era fértil se transformó en estéril, y comenzó a tener problemas porque se había gastado todo el dinero, viviendo una vida superficial, pensando sólo en el presente.

En estos tiempos vivimos hechos de esta misma naturaleza, una gran inclinación por tratar de disfrutar el momento, el hoy, de tomar solamente lo pasajero. A veces las personas toman el placer a altos costos, sin pensar en los compromisos que esto contrae sobre sus vidas.

El joven de esta historia así lo hizo, y comenzó a tener hambre y todo lo bueno comenzó a transformarse en malo, y la adversidad vino sobre él. La situación se tornó tan difícil que según nos relata el Evangelio, él quiso comer la comida que le daban a los cerdos en el chiquero, pero uno de los que criaba a los animales le dijo: “Tú no eres digno de comer esa comida”.

¡Qué terrible decepción debe de haber sentido ese joven!

“Instantáneamente -relata el pasaje-, volviendo en sí, dijo: En la casa de mi padre hay abundancia de pan, y aquí yo perezco de hambre».

En la vida solemos deambular por años mendigando un poco de paz, un poco de amor, un poco de comprensión. Hay gente que entrega su cuerpo a la prostitución, que se entrega en brazos de la droga. Hay gente que se entrega al azar, a los placeres de este mundo, en una carrera sin medida, buscando amor, buscando a alguien que lo comprenda. Hay gente que ingresa en caminos que luego le resulta tan difícil salir, y cuando uno quiere entender por qué lo hizo se da cuenta de que solamente buscaba un poco de paz, de amor, algo que pudiera satisfacer su corazón.

Pero el relato bíblico nos dice que cuando este joven volvió en sí, decidió volver a la casa de su padre y decirle: “Padre perdóname, he pecado contra el cielo y contra ti”.

Éste es el momento clave. A veces necesitamos tocar fondo en la vida luego de haberlo tenido todo para entonces decirle a Dios: “Si tú tienes algo distinto para mí, ayúdame, no puedo más”.

Yo sé que muchos de los que están leyendo este mensaje pensarán: “No puedo más, no sé qué hacer, no sé cómo seguir adelante”. Otros dirán: “Si no me quito la vida, es por mis hijos, de otra manera ya nada tendría sentido para mí”.

Ésta es la misma situación que transitó el muchacho de la historia., él tomó una sabia decisión, tú también debes tomarla y decir: “Dios me vuelvo a ti con todo mi corazón, Tú tienes abundancia de paz y de amor”.

Ahí mismo donde tú estás, puedes decirle a Dios que le necesitas y él te escuchará.

¡Dios te bendiga.!

Osvaldo Carnival



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